» Actualidad

Acumuladores de animales

Todos los amantes de los animales hemos dicho, en alguna oportunidad, algo más o menos como esto: “Si yo tuviera una casa grande, recogería a todos los perritos / gaticos abandonados que me encontrara por ahí”.

La realidad de adoptar a todos los animalitos que te consigas es que nunca vas a parar de conseguírtelos y en algún momento, la casa no es lo suficientemente grande, el dinero no alcanza para esterilizarlos, para vacunarlos ni para alimentarlos a todos.

Aquí en Venezuela, tuve la oportunidad de conocer a una acumuladora de animales: La señora Fiorella Dubini, fundadora  del refugio “Mil Patitas”.

Esta señora comenzó rescatando perritos y gaticos de la calle o que la gente les dejaba en su casa porque ya no podían cuidarlos. Ella logró reunir el dinero suficiente para comprar un buen terreno en Los Teques y montó un hermoso refugio, con áreas verdes y jaulas amplias, con veterinarios y gente contratada que se encargaba de que todo funcionara bien…
Básicamente, logró el sueño de muchos amantes de los animales: Un lugar digno para los menos afortunados de cuatro patas.

Pero en algún momento, este bello refugio se convirtió en una pesadilla.

Cuando asistí como voluntaria a este lugar sólo podía pensar en esas imágenes de los campos de concentración nazi de la Segunda Guerra Mundial.  Sentí que estaba frente a un campo de concentración animal.

Los voluntarios fuimos organizados por la asociación Anima Naturalis. Una de sus integrantes para aquel momento, había conseguido que la señora Fiorella aceptara la ayuda que llevábamos. Desde hacía mucho tiempo, nadie podía entrar a Mil Patitas.

Tan pronto llegamos nos recibió el olor. Un olor indescriptible. Luego llegaron las imágenes.

Vimos perros sin pelo y con la piel en carne viva por la sarna, los hongos y las heridas que se producían al pelear entre ellos o al rascarse. Caminábamos entre sus heces. Había tanta que era imposible no pisarla. Los perros nos miraban curiosos a distancia, desde nichos en las paredes del refugio, o en jaulas abiertas. Formaban manadas espontáneas que se unían para darse calor y dormir el dolor.     Otros aparecían y desparecían entre la maleza.

Las jaulas cerradas eran lo más grotesco, porque los animales no tenían escape a la orina y las heces sobre las que caminaban y dormían. Tampoco podían acceder al agua o al alimento.

Nos sorprendió ver a perras recién paridas compartiendo jaula con perros machos que amenazaban a sus cachorros constantemente. Perras en celo encerradas con machos que las montaban.

En total, el cálculo de la cantidad de perros superó los 400 ejemplares. Muchos, la gran mayoría, estaban sueltos. Pero todos, los libres y los enjaulados, estaban enfermos. Sólo se salvaban los que habían ingresado recientemente.  Pero de inmediato eran encerrados con los demás animales calvos y llenos de llagas, así que era sólo cuestión de tiempo para que éstos últimos se contagiaran de cualquier cosa.

En una jaula grande y que daba al aire libre estaban los gatos. Una veintena. Dormían sobre los recipientes con comida, buscando un lugar tibio para estar. También defecaban allí, porque los gatos suelen enterrar sus excrementos y aquello era todo de concreto. Muchos estaban enfermos, pero a decir verdad, lucían mucho mejor que los perros.

Ese día de voluntariado tratamos a muchos perros de la sarna y vaciamos innumerables gusaneras. Muchos perros tenían una sola oreja o tres patas, debido a esto.  Bañamos perros, desinfectamos las jaulas, les pusimos periódicos limpios para que pudieran echarse sobre algo tibio para dormir. La mayoría comió alimento comprimido del que llevamos, que preferían a las patas de gallina apiladas y llenas de moscas y larvas que comían habitualmente.

Yo no podía creer que una persona de buen corazón fuera capaz de tener a tantos animales en semejantes condiciones, hasta que llegó la señora Fiorella. Todos los perros que hasta ese momento eran como sombras de perro, se acercaron a ella moviendo sus colas. La señora les hablaba con dulzura y a muchos los llamaba por su nombre y hasta conocía la fecha en la que habían llegado o si habían nacido allí.

Le hablamos de un perro en particular que no se dejaba curar, cuya gusanera estaba comiendo sus intestinos. El perro tiraba a morder. Ella, lo levantó del suelo, y lo acercó a su cara. Lo acarició allí donde la gusanera lo partía en dos, y el perrito, ya en los estertores de su muerte, falleció en sus brazos, como si hubiera estado esperándola para partir. Entendí en ese preciso momento que ella no era ningún monstruo. Sólo había perdido la perspectiva de lo que estaba haciendo. Como muchas personas que sufren de este desorden, no reconocía que los perros estaban enfermos o mal cuidados. Pensaba que allí estaban mejor que en la calle. Al menos tenían comida, “muy rica en proteínas y que los ponía gorditos”, según nos dijo sobre las patas de gallina. Los problemas de la piel los atribuyó al frío y la humedad del terreno, las jaulas se limpiaban cada dos o tres días y le habían renunciado varios ayudantes, pero no era nada grave.

Partimos de aquel lugar con el alma rota. Muchos no pudimos comer ni dormir por algún tiempo. El fin de semana siguiente, regresamos.

Había perros que estaban reaccionando mejor al tratamiento contra la sarna y se les veían algunos pelitos, otros perros que habíamos dejado allí literalmente acostados sobre los periódicos limpios demasiado débiles para deambular, ya no estaban.
La respuesta era en todos los casos “deben estar por allí”.

A la señora Fiorella le pedimos hacer público el estado del refugio para que aparecieran donaciones, voluntarios… Yo le ofrecí mi programa de radio para solicitar ese apoyo. Pero como ella no pensaba que los perros estaban en mal estado no accedió a pedir una ayuda que consideró innecesaria. Quizá no quiso exponerse a los comentarios de otros, a los juicios de valor, a las miradas desaprobatorias.

Lo cierto fue que en el mejor interés de los perros que estaban allí y de los perros que podían llegar (unos cuatro perros nuevos por semana), se introdujeron denuncias amparadas en las escuetas ordenanzas municipales referentes al maltrato animal (en aquel entonces no existía la Ley de Protección Animal, que por cierto, nada estipula sobre estos casos).

Cuando las autoridades llegaron a revisar las condiciones del lugar, no habían 400 perros, ni 20 gatos. Habían unos 30 perros sanos, unas jaulas abiertas, relativamente limpias y ningún gato. Nunca se supo qué pasó con todos esos animales.

Fiorella no creía en la eutanasia. Ella decía que los perros tenían karma y debían morir como les tocara, así que no puedo concebir que les hiciera daño premeditadamente. Lo cierto es que allí no estaban y el caso quedó cerrado. Antes de nosotros nadie podía entrar y después de nosotros menos.

Ese lugar existe hoy en día y solo unas cuantas amigas de Fiorella pueden pasar. Dicen que todo está muy bien.

Por mi parte, adopté un perro de allí, Lucho, y concentré mis energías en curarlo a él. Eso sí, nunca más he vuelto a decir: “si yo tuviera una casa grande…” No me atrevo.

@JeanMary_
———— . ————

Para ver las fotos de Mil Patitas, ingresa aquí

Para conocer la historia de Lucho, el perro que adopté de Mil Patitas, ingresa aquí

COMPARTIR

WordPress Appliance - Powered by TurnKey Linux