Desde hace algún tiempo estaba preparando este artículo y se quedó por alguna razón en el tintero. Escribir para mí es un trabajo de tiempo, de dejar reposar las ideas hasta que agarran forma, es como cuando me quedo en las mañanas viendo el techo como meditando perdida en ese blanco ostra con el que lo pinté, así sin más, perdida en él; hasta que hay un detonante que te dice que finalmente está listo.

En el postgrado en artes en la Universidad de Melbourne, tomé una clase clave sobre memoria y cultura. Era algo así como la explicación del por qué las diferentes manifestaciones artísticas, íconos de la ciudad, desde plazas hasta edificios, incluso fotos y documentos son la plataforma para pasar de una generación a otra nuestra cultura, lo que somos y cómo lo vivimos. La primera clase giró en torno al álbum familiar, y yo no hacía sino recordar los cientos que hay en la biblioteca de la casa de mis padres y cómo muchas fiestas siempre terminan con alguien sacando esos libracos a la sala para revivir el pasado.

¿Han visto los Retratos de Familia de Onda La Superestación? Pues yo me metí en estos días. Quedé fascinada por los relatos de cada uno de los protagonistas y me encantó escuchar y ver cómo cada quién le da la interpretación a un momento específico de su vida, algo que rescatar de esa imagen, esa foto que señala una historia de familia. Al igual que Flor Alicia Anzola, a quien escuché hablando del tema y me hizo hacerle click a la página, siento que cada uno de nosotros se identifica con alguien a través de ese relato, en cada familia hay: el niño con el disfraz gracioso, la foto con los padres cual primeros retoños, la emoción de celebrar una nueva vida, la madre abnegada, los hermanos, el corte totumita (sí, Erika en mi casa lo sufrió uno de mis hermanos, no yo que tenía unos crespos incontrolables), lo importante de la amistad, la unión familiar.

Mientras escuchaba una y otra historia recordé las valiosas reflexiones que realiza Annette Kuhn sobre el álbum familiar en su libro “Reflexiones sobre los Secretos de Familia”, allí ella nos relata cómo nuestras fotos, imágenes incluso públicas nos sirven de referencia para formarnos nuestro universo, nuestra memoria sobre la cual accionamos actualmente.

Estas fotos son un objeto de estudio valiosísimo si quisiéramos. Por otro lado, no pude evitar pensar, al igual que cuando estaba en la clase, que nadie coloca las fotos malucas en el álbum, esas donde salimos llorando, viviendo un mal día, peleando con un primo o porque le cayeron a palo a la piñata que tanto nos gustaba; incluso, ¿nadie toma foto en un velorio?, por ejemplo. Jamás he visto colgada en el Facebook una foto que no nos haga justicia.  De esta manera,  editamos el pasado y sólo vamos dejando en nuestro álbum personal lo que deseamos mantener para el futuro, el legado para los que vienen, porque como bien señala Khun (4,6) “La naturaleza de la memoria es colectiva”.

Así mismo hacemos con la vida. Cuando queremos contar algo siempre tenemos la tentación de editar esos episodios que nos han marcado malamente. Es decir, quitamos de nuestro álbum familiar todas las experiencias amargas, esas que han sido de llanto, infelicidad. Y así vamos por la vida echándole un cuento editado a todos cuantos conocemos, y si son nuevos amigos, ¡pues con mayor razóoon!, ya la historia está cortada y lista para el “print”. Entonces lo que recordamos en colectivo es aquello que quisimos dejar, ¿o no? Todos nos quedamos con los relatos compartidos de  Retratos de Familia de Onda, pero confiesen ¿no les encantaría saber más y conocer los “secretos” que no están relatados allí? Les aseguro que seríamos aún más parecidos, unos con otros.

En el álbum de familia nos identificamos porque todas esas imágenes “tienen significados colectivos” y es esa “la memoria que forma nuestros mundos interiores”, entonces esos pensamientos y emociones son más fuertes que las explicaciones racionales. Para Annette no es necesariamente “lo que colocamos en esas cajas mentales para guardar memorias -las amadas y las que no tanto-  sino lo que hacemos con esas memorias, cómo usamos estas reliquias para crear memorias, cómo incluso las usamos para crear historias y dar un significado más profundo o incluso cambiarlas”.

Les pongo un ejemplo cuando comencé a salir con mi esposo le daba vueltas en mi cabeza para ver cómo me presentaba a la familia. Por aquel tiempo era: productora free-lance, es decir, que te miran como quién no tiene trabajo estable; actriz de teatro, entonces eres intensa; y además por esos días estaba entregada a los deportes extremos: paracaidismo, escalada. Lo que más me complicaba era ser divorciada, es decir que me podían ver como alguien a quien solo le gustaba la adrenalina y la libertad. En fin, que no era quizás la mujer más correcta para aspirar a ser la novia del hijo de un ex- seminarista eudista  quién se casó con una luchadora social CATÓLICA en una ceremonia con la presencia de siete obispos, ¿se imaginarán? Al final tuve a mi favor a Mercedes, quien al verme con su hijo le dijo a su compañero de vida “es divorciada y no hablemos más del tema”. Ella por así decirlo me incluyó en su álbum.

Ésta fue una gran lección. No hubo cuento de novela. Me presenté con mis colores verdaderos, con mis virtudes y errores, con la mochila llena de aprendizajes por lo recorrido. Si algo nos queda con esta experiencia es que incluso en los momentos que incomodan debemos dar gracias por lo vivido, sólo así podemos seguir, fluir. Entonces el álbum familiar se llena tanto de las fotos felices como aquellas que no tanto, en ese álbum va la foto con el dolor de cabeza, con el llanto, con la rabia, pero al lado de la vida llena de alegría, de encuentros, de la familia y de nuestros “secretos de familia”, esos momentos ocultos que también son parte de esa historia.

El viaje personal que nos toca vivir se nutre no sólo de lo bueno. Al final del día, mostrándonos como somos, con nuestros secretos,  hacemos espacio para un contacto más real. Podemos entonces estar agradecidos con lo que nos hizo estar en el presente, lo vivido.

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