Este tema ha surgido varias veces en las últimas semanas así que me pareció que valía la pena hacer una reflexión al respecto. Espero que al menos a un lector le sea útil.

El mundo está lleno de cosas maravillosas por hacer y descubrir, y hay una etapa en la vida –usualmente en los tempranos veinte- en la que uno decide que quiere hacerlo todo. No sé si es el hecho de que la universidad finalmente despierta esa curiosidad consciente del universo de cosas que desconoces, y te da como una sed insaciable de querer conocer todo lo que te provoca así sea el más remoto interés.

Y cuando digo «todo» me refiero desde correr todos los 10 K que quepan en tu agenda o aprender a hacer pole dancing en el gimnasio porque se puso de moda, hasta ir de viaje a China y Australia simplemente porque te parece cool hacerle check a tu lista de continentes por visitar. Quizá el fenómeno es parte de los vicios que crea un mundo bombardeado de información; las mujeres somos expertas en esto.

Pero una cosa es que te dé curiosidad, eso le da a todo el mundo, y otra muy diferente es tomar la decisión de hacerlo. Hay un grupo de gente que efectivamente se lanza a la campaña admirable de hacer todo lo que el tiempo les permite, entre esas me dejo colar. Nos metemos en el centro de estudiantes, voluntariado, talleres, en organizaciones de eventos, modelos de naciones unidas, cursos o trabajos de verano, decidimos aprender un idioma, el gimnasio, la clase de yoga, tomamos un trabajo de medio tiempo, escogemos hobbies excéntricos y alguno que otro incluso tiene la voluntad de hacer algún deporte. Nos convertimos en coleccionistas de experiencias.

Y cuando entras en esa dinámica es maravilloso, sientes que cada vez puedes decir con más frecuencia «sí, yo he hecho eso», incluso si eso significa haberte lanzado de paracaídas, pero hay una línea muy delicada que cuidar. Los adictos a hacer cosas nos olvidamos de tener tiempo para nosotros mismos y para disfrutar. Siempre estamos corriendo detrás de la hora, llegamos tarde a todos lados porque si la primera actividad fue impuntual te descuadra el calendario de todo el día, tomamos multivitamínicos como Tic Tacs de naranja y sobre todo muchas veces nos acostumbramos a atropellar a los que no llevan un ritmo tan acelerado como el nuestro.

Y está bien querer hacer mil cosas, más si la ciudad –con cola y todo- te lo permite, lo que no está bien es recolectar actividades como si fuesen barajitas: «porque hay que tenerlas». El tiempo que gastamos es preciado e irrecuperable, es el elemento más fácil para explicar el concepto de costo de oportunidad: si usas el tiempo para ir al cine no lo usas para estudiar, punto (el costo de oportunidad de ir al cine es una sesión de estudio). Entonces, sumidos como estamos en esta vida repleta de cosas por hacer es importante que siempre tengamos clara una pregunta: ¿por qué estoy haciendo esto? Y sólo una respuesta debe venir a la mente: porque me hace feliz.

@amandaisabel87

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