A veces me cuesta creer cómo es posible que aún hoy en día, en una época en la que se supone somos súper evolucionados, todavía sigan habiendo jevas que para salir de su casa ¡necesiten casarse! Las que se privan de esa experiencia tan sabrosa de dirigir tu propio rincón y ¡peor aún! las que creen que casarse va hacer que ese novio parrandero y juguetón cambie.

¿De verdad crees que por tener un anillo en el dedo anular derecho -¿es derecho, verdad?- ahora ese muchacho va a ser más maduro? ¿Le va a gustar menos irse con sus amigos a rumbear hasta las 4:30 de la madrugada? ¿O es que el recuerdo de haber firmado el papelito ahora funciona como un hechizo mágico que lo obliga a no mirar al resto de las mujeres que –también- están buenísimas? Let me tell you something, girl: el matrimonio no –no, no, no, NO- cambia a la gente, así que si te estás agarrando a ese ultimito rastro de esperanza, debes revisar tu relación calmada y objetivamente para saber qué es eso que no te permite estar plena al lado de tu jevito y evalúa detenidamente qué cosas se pueden mejorar, en dónde has dejado de esforzarte y en dónde has sido indulgente. Aprieta esos tornillos o agarra tu camino.

Porque resulta que el matrimonio y las relaciones en general hay que trabajarlas. Cons-tan-te-men-te.

Esto no quiere decir que el proceso deba ser un tormento, no necesariamente implica un sufrimiento eterno. Tú disfrutas tu trabajo ¿Cierto? ¿Tu carrera? ¿Tu hobby? Y en todos y en cada uno de ellos, si has querido mantenerlos te esfuerzas ¿o no? Entonces ¿qué es lo que te cuesta tanto entender? Esfuérzate y aprende a disfrutar de cada momento del proceso. Y si puedes llegar preparada pues mucho mejor, por eso, múdate con tu jevito antes de imponerle el matrimonio. Dale una probadita a la vida en pareja y ve entrenándote en las artes de la tolerancia y la negociación y después toma una decisión bien informada. ¿Qué tienes que perder?

@glindaneva

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