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Orgullo de agua

Escrito por Arianna Arteaga

Ser venezolano y no haber ido a visitar el Salto Ángel es un despropósito. Una vez escuché a un joven engominado decirle a su chica que con lo que costaba ir al Salto Ángel, se pasaban una semana en Miami e iban al “mall”. Casi me sale una úlcera. Yo, que no tengo contención, pedí la cuenta y al salir me acerqué y le dije: si tú no entiendes la diferencia entre ir a visitar el salto de agua más alto del planeta y meterte en un “mall” igualito a cualquiera, ojalá nunca lo hagas porque no te lo mereces.

Ahora, que lo veo de lejos, entiendo que mi nivel de tolerancia fue nulo y que pude haberle explicado que ir a Canaima es caro porque queda en medio de la selva, sólo hay una pistica para aviones, tienen una capacidad de carga limitada y toda la logística allá es complicada y por ende, el precio es elevado. Pero bueno, me imagino que el engominado se la pasó de lujo en el “mall” y yo sólo fui una loca mal peinada que le dijo incoherencias.

La cosa es que existen pocos viajes tan alucinantes como el de Canaima y yo se los voy a contar para ver si los entusiasmo.

Lo primero es encaramarte en un avioncito en Ciudad Bolívar o Puerto Ordaz. Vuelas sobre la selva, ves el Guri y llegas a Canaima. En algunos vuelos hasta le pasan cerca al salto para darte un abrebocas.

Llegar a Canaima es emocionantísimo, en seguida se siente la energía de ese montón de agua que fluye entre los tepuyes. Te instalas en tu posada y te llevan a hacer el paseo de la Laguna de Canaima. Enorme, apacible y de aguas rojo oscuro que de a ratos son amarillas y anaranjadas. Navegas en una curiarita viendo los saltos Golondrina y Hacha, enormes y poderosos desparraman el Río Carrao y forman la laguna. Cruzas la Isla Anatoly y llegas al Salto Sapo, lo atraviesas por una cueva que tiene bajo el agua y vives la euforia loca de estar en las profundidades de una cascadota salvaje.

Tras ello, pueden salir ese mismo día o al día siguiente a navegar Carrao arriba. La primera vez que te encuentras con el Auyantepuy provoca adorarlo. Ese paredón de piedra milenaria es la presencia perenne del camino al Salto Ángel, cuyo nombre original es Kerepacupay Vená. Navegas el Carrao contra corriente por unas horas y entras al río Churum, rodeado de paredes de piedra por todos lados. Finalmente, en una de tantas curvas de río, se asoma en el horizonte esa estampa que tanto hemos visto en fotos. Es inevitable emocionarse, aplaudir, dar alaridos y que se te salga el corazón de dicha por haber decidido irte hasta allá.

Llegas a Isla Ratón, te instalan en hamaquitas y caminas hacia el mirador del salto. La ruta es intensa, empinada y caliente por la humedad de la selva, pero cuando lleguas a ese peñasco que se abre paso entre los árboles para dejarte ver de cerca el Salto Ángel, casi quieres llorar de alegría, de orgullo natural, orgullo de agua y de saber que ese salto está en tu país. Es la felicidad máxima ver caer un kilómetro de agua con semejante despliegue de elegancia y poder.

Duermes en tu hamaquita, te levantas tempranito para volverlo a ver, ahora con la luz amarillita de la mañana y regresas a Canaima y a tu casa sabiendo que esa fue la plata mejor invertida de tu vida entera por siempre jamás.

Fotos: Arianna Arteaga Quintero

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