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Somos animales de costumbre

La costumbre es básicamente, el instinto de supervivencia. Damos por sentado nuestro entorno, aunque éste cambie todos los días. Así logramos vivir en casi cualquier condición posible. Para bien o para mal.

Nos acostumbramos a todo y ese ha sido el éxito de nuestra especie sobre la Tierra. Así encontramos humanos viviendo en casas hechas de cubitos de hielo y humanos nómadas recorriendo desiertos sobre camellos. Hay gente en casi todos los rincones del Globo, viviendo de todas las maneras imaginables.

Hay gente que por necesidad y luego por costumbre, hizo del mejor amigo del hombre un animal para consumir su carne y su piel. Del otro lado, los humanos comen otros animales y consumen su piel de la misma manera, pero se indignan al pensar en su perro hecho chuleta. En este caso, como en todos, es una cuestión de costumbres.

Hay humanos que viven en selvas casi vírgenes y aún no descubren la rueda, otros habitan fuera de nuestra órbita y flotan ingrávidos mientras averiguan más cosas sobre el Cosmos. Para unos es costumbre verse completamente desnudos y para los otros ya se hizo costumbre amarrarse al inodoro para poder hacer sus necesidades sin salir volando.

Así también hay pueblos que durante demasiado tiempo se han acostumbrado a sobrevivir a la guerra, a tener muchos hijos porque no todos llegan a edad adulta, a escuchar detonaciones como una eterna banda sonora y ya no se sorprenden cuando explota un autobús porque, lamentablemente, sucede con mucha frecuencia.

Hay mujeres que se convierten en trapos gigantes y ven el mundo desde una pequeña rendija en la capa que les cubre la cara. Se acostumbran a eso y no lo ven extraño ni siquiera desagradable. Simplemente, nacieron de madres que ya vivieron así y se acostumbran a que las casen desde muy chiquitas para que no haya duda de su “pureza” al momento de tener su primera relación sexual.

Pueblos enteros crecen y prosperan alrededor de volcanes con la amenaza constante de que un año de estos el volcán se despierte y los cubra para siempre o si acaso tengan tiempo de escapar, acabe con todo lo que tanto tiempo les costó construir.

Así, nos acostumbramos. Sin darnos cuenta. Muchas veces porque nacimos y crecemos en esa realidad, muchas otras, simplemente, porque esta fabulosa capacidad de adaptación nos toma por sorpresa y nos moldea en torno a nuestras nuevas necesidades.

En mi país, me he acostumbrado a comprar más de lo que necesito, porque no sé si ese mismo producto, estará en el mostrador en quince días. Me he acostumbrado a no usar reloj, para no llamar la atención de los amigos de lo ajeno. Me acostumbré a manejar siempre dejando margen para que pasen los motorizados entre carro y carro y a cambiar de canal, no cuando necesito hacerlo, sino cuando no interrumpo con ello la fluidez del tránsito que marcha sobre el rayado que divide los canales. Ya no me sorprende ver indígenas en los semáforos, llenos de hollín, amamantando a sus bebes sentados entre un montón de basura que utilizan como casa. No es nuevo para mí, escuchar que a un amigo o familiar lo robaron o se le metieron en la casa y los dejaron sin nada. De hecho, ya me ha pasado a mí. Las dos cosas. Los autobuses sin luces en mitad de la noche y echando humo durante todo el trayecto; la basura en la calle; las paredes y los monumentos llenos de firmas ilegibles que hablan de territorialidad y de cosas que yo no entiendo; los niños y los perritos de la calle, hambrientos, arrastrando viejas heridas o padeciendo las nuevas; los policías que te detienen y te piden dinero para “dejarlo así”; el supermercado medio vacío y con marcas extranjeras que no conozco y que cuestan el doble; las medicinas no se consiguen; los muertos del fin de semana; los ministros que defienden lo indefendible; el presidente grosero y con un discurso lleno de odio y resentimiento, hablando de nacionalismo y saliendo del país para tratarse su enfermedad. Uno se acostumbra. A todo.

Yo me refugio en el clima, en hablar del clima, lo bonito que amanece un día el Ávila, radiante con su verde subido; o los truenos del día siguiente y ¡que susto todo! En el clima y en lo hermoso que es este país a pesar de lo poco que lo cuidamos. Sus playas, sus sabanas, sus montañas, su nieve y su médano.

Y como individuo voy haciendo lo mejor que puedo. Recojo un animalito de la calle a la vez, porque no hay refugios ni veterinarios gratuitos y aquí todos trabajamos con las uñas; no boto basura por la ventana, pongo la luz de cruce, digo “por favor” y “muchas gracias”, no me coleo en la fila, apago las luces que no uso, lavo los platos con el grifo cerrado, recojo el pupú de mi perro en la calle, no como mamíferos ni aves (y eventualmente dejaré de ingerir pescados), porque los recursos de nuestro planeta no son ilimitados y porque los animales merecen vivir; uso mi programa de radio para promover el cuidado de nuestro planeta y de las especies que lo habitamos; mis redes sociales son ventanas para esos tantos otros animalistas independientes y fundaciones que necesitan apoyo para seguir trabajando por los peluditos… Pero nada es suficiente. Nada tiene un impacto ni siquiera proporcional a la degradación moral que nos ocurre en mayor o menor medida por las circunstancias en las que nos hemos acostumbrado a vivir.

Ya sabemos que poner una denuncia ambiental, poco impacto tiene. Que poner una denuncia por maltrato animal, es casi como perder el tiempo pero con papeles que lo prueban. Que buscar justicia es buscar un zarcillo en la playa. Ahora mismo, mientras escribo, hay huelgas de hambre por todo el país, de gente que ya dio todos los pasos que debía dar y no encuentran forma de que el Estado les preste atención, sobre problemas que siempre nos afectan a TODOS, porque como decía mi abuelo: “todo es igual a todo”.

Nos acostumbramos a que cada vez nos dejen decir menos. Porque quejarte de la gestión de este gobierno te convierte de inmediato en un apátrida. El presidente dejó de ser un empleado del pueblo para convertirse en ser idolatrado e intocable. Hasta los humoristas y los imitadores tuvieron que abandonar la televisión, porque burlarse del mandatario y sus allegados es deshonrar al país. ¡Triste cuando el sentido del humor es una víctima más de la intolerancia que nos rodea!

Yo misma cada día digo menos. Hasta en mi propia cuenta de Twitter tengo que tener cuidado de lo que digo. El odio brota como agua represada, los insultos, las agresiones. Pensar diferente al régimen se castiga de muchas maneras. Y eso es lo que nos ha transformado como pueblo y nos sigue transformando cada día: el instinto de supervivencia. Y es que somos, después de todo y antes que nada, animales de costumbre.

@JeanMary_

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