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El ocaso de la pin-dependencia

Pedir cola es miserable, todo el que ha pedido la cola lo sabe; y uno entiende cuando lo rebotan, de verdad, pero perder la cola porque tu teléfono se queda pegado es simplemente indignante.

Hace más de un par de años que llegó a Venezuela una burbuja tecnológica tan riesgosa e impredecible como cualquier otra. Ésta trajo consigo consecuencias nefastas en las que nosotros mismos nos dejamos atrapar. Había llegado el crack-berry.

Con su look refrescante y su aire innovador, crack-berry cautivó los corazones de muchísimos venezolanos, y de hecho, mucha gente sacó dinero de debajo de las piedras para comprar alguno de aquellos preciados aparaticos, desde los más jóvenes hasta los abuelitos aprendieron qué era «un pin», el «BB Messenger» y una «actualización de status». Pero a pesar de la inocencia con la que entró en nuestras casas, crack-berry trajo consigo grandes enfermedades de difícil control público.

La primera fue el Desorden de Déficit de Atención (DDA) colectivo. Por causas no identificadas el dispositivo tenía la capacidad de absorber toda la atención de su poseedor, quien aparentemente sólo podía concentrarse en la lucecita roja… «¿Titila o no? ¿Titila o no?… ¿Y ahora? ¿Titila o no?».

Este DDA colectivo tuvo el empuje suficiente como para frenar la productividad del país. No fue la crisis financiera mundial la que detuvo nuestro crecimiento económico -aquí estamos blindados contra eso-, la desaceleración del PIB venezolano fue causada porque el crack-berry impuso que desde el CEO hasta la cajera te podían decir -cara’e tablamente- «Dame un chance que tengo un pin». El país se paró.

La segunda fue la fase adictiva, mejor conocida como la pin-dependencia… «¿No tienes pin? ¿Quién eres?», « Ay perdón, es que como no tienes pin no te pude avisar» y « ¡No me llegan los pines! estoy completamente incomunicada» estaban a la orden del día. Se nos olvidó que los celulares funcionaban con un número de alguna operadora, y que el SMS fue lo que nos enganchó a la telefonía celular por allá por los noventa.

La última y más perversa consecuencia de todas fue la ola de robos, hurtos y heridos de bala desatados para que los que no podían pagar los precios del mercado primario –tiendas o Mercadolibre- recurrieran al mercado de reventa. Hasta la Asamblea Nacional y Conatel hubieron de legislar al respecto.

Pero un buen día la burbuja reventó en todo su esplendor, así como quien se desenamora en un segundo nos desilusionamos del «bebé». Ese buen día nos dimos cuenta de lo increíblemente disfuncional que era el telefonito y comenzamos a experimentar sentimientos de nostalgia por aquellos celulares escandinavos de nuestra juventud, los que aguantaban agua y calle. En un segundo comenzamos a odiar al pequeñín que amamos con furor y defendimos por tanto tiempo, lo odiamos porque nos dimos cuenta de que nunca sirvió para nada. Fue como cualquier otro break-up en nuestra lista.

Así que esta mañana perdí la cola porque mi crack-berry se pegó y tardó más en reiniciar que lo que me esperaron, hoy fue el día que comencé a ahorrar para cambiar de teléfono. No sé si me iré a otro que ya está de moda o volveré a las viejas marcas en busca de la añorada solidez, lo que sé es que como cualquier mujer que se siente traicionada a este desgraciado no lo quiero ver más. He dicho.

@amandaisabel87

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