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Los intentos fallidos de cuidar un pollito rosado, un pez insípido y un perro obeso

Hubo una época en que me encantaba tener muchas mascotas. Llegué a tener peces, perros, pollitos, morrocoyes, tortugas, conejos y loros. Pero después me di cuenta de que tener mascotas no es nada fácil. Sobre todo si te encariñas mucho y te informas poco.

Mi primera mascota fue uno de esos pollitos que te ganabas en la verbena del colegio y que, sin compasión alguna, los pintaban de distintos colores. Hasta que tuve como 10 años creí que realmente existían pollitos que nacían azules, rosados y verdes. Pero más triste fue darme cuenta de que los pollitos crecían, se convertían en gallinas y te los preparaban de almuerzo. En mi casa, por ejemplo, se convertían en chupe.

La ley de la naturaleza o, mejor dicho, la ley de la señora que cocinaba en mi casa, también hizo que la mascota de mi hermanita tuviera un destino similar. Se trataba de un conejo blanco, muy lindo y que siempre temblaba, como todos los conejos. Pero quizás éste sí tenía razones para temblar. Dos días después de que mi hermanita se enterara de la muerte de su conejo, eso fue precisamente lo que almorzamos: Bugs Bunny al horno.

Uno de los animales que me llama más la atención son los loros. Su capacidad para imitar a los humanos me impresiona. Tengo un amigo cuyo loro reaccionaba al sonido del teléfono con un: “Aló… Ajá, ajá”. Lo que le faltaba era el: “Marica, cuéntame”. El loro que tenía mi abuela María Teresa lograba imitar perfectamente tanto a los perros de la casa como a la señora que cocinaba. Lo llamábamos “el loro que se cree perro”. Pero a ese no nos lo comimos. Creo.

Uno de los perros de la casa, un Golden Retriever, tenía lo que cualquier mujer pagaría por no tener: obesidad y problemas de autoestima. Un día se me ocurrió la brillante idea de llevarlo a caminar por la Cota Mil un domingo y regresó con deshidratación, insolación y un músculo desgarrado. Pobrecito. Aquí sí estoy segura de que al perro no nos lo comimos.

Mi mayor frustración con respecto a una de mis mascotas fue cuando me enteré de que Galileo, mi pez, al igual que todos los peces, solo lograba retener 3 segundos de memoria. ¿Qué sentido tiene cuidar una mascota que se va a olvidar de ti cada 3 segundos? Lo peor es que, cuando se murió, mi familia trató de sustituirlo por uno “igualito” para que yo no sufriera, y a penas lo vi me di cuenta de que no era él. Tenía actitud sospechosa. Al final hasta un velorio le hice en el jardín.

Pero sin duda los más parecidos a los humanos son los morrocoyes. Yo tenía uno que se desapareció por dos semanas en el jardín. “A esos les gusta enterrarse”, me decían. Cuando éste apareció lo hizo galantemente con una familia que incluía 5 hijos y un regaño de mi parte.

Las mascotas son seres adorables que hay que saber cuidar. Pero, sobre todo, hay que estar conscientes de que hay unos que definitivamente no son para comer (digan lo que digan los chinos) y que aunque a veces hay que aceptar sus muertes, otras hay que alegrarse al ver que… No estaba muerto, estaba de parranda.

@AleOtero

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