Humor:
Mejor ve al psicólogo
No me gusta que las cosas se terminen. “Todo tiene su final”, dice la canción. Y es verdad, aunque sea doloroso, todo en algún momento se termina. Es por eso que cuando llego a la última página de un libro que me gusta, me pongo triste. Cuando me despido de algún trabajo específico, lloro. Y cuando termino con un novio, voy al psicólogo.
Digan lo que digan, los psicólogos son necesarios. A mí me gustan más los psicoanalistas lacanianos, porque sin duda eso de sentarte en un diván a dejar que tu inconsciente te delate en temas de comida, sueños o fetiches con el Ken de la Barbie Exploradora, debe tener algo bueno. Pero en el fondo, lo que menos nos gusta de los psicólogos es precisamente eso: hay cosas de uno que es mejor no saber.
Por otra parte, los psicólogos terminan siendo el sueño de toda mujer hecho realidad: una conversación con alguien que le gusta sobre-analizar las cosas más que a ti. Tengo una gran amiga que es psicóloga y jamás pierde una oportunidad para decirte algo tipo: “¿No será que eso que estás sintiendo tiene que ver con la manera en que tu papá te trataba cuando eras chiquita?” Y a ti no te queda otra que decir: “¿Será? Yo pensé que siempre he querido tener dos novios porque veía mucho Candy Candy”.
Me refiero a los psicólogos como el sueño de las mujeres hecho realidad porque, para nosotras, estar en terapia es como el postgrado de las conversaciones con tus amigas. Solo que quizás esta vez no te den consejos tipo: “Mándale una foto a tu ex ahorita que estás borracha besándote con otro tipo, para que le dé celos”. Sino que, probablemente, y sin alcohol de por medio, te preguntarán: “¿Qué sentiste cuando mandaste la foto borracha?”.
Se me ocurre que será muy diferente un paciente hombre y una paciente mujer. Mientras la mujer le dice a su psicólogo: “En estos días me he sentido mal, deprimida. A veces siento que no debería seguir con Carlos, siento que en mi trabajo no me saben aprovechar, además siento que estoy gorda y eso no me deja dormir bien”; el hombre utilizará la terapia para decir: “Yo estoy tranquilo, no sé muy bien qué hago aquí”.
Las terapias de pareja seguro servirán para definir ciertos rasgos de personalidad. La esposa dirá: “¡Es que yo siento que él no me entiende! El otro día me encontró llorando, yo le dije que se fuera, que no quería hablar ¡y él me dejó sola! ¿Puedes creer que me dejó sola?”, y el esposo seguramente responderá: “Yo no entiendo nada, cuando me dijo que no quería hablar, la dejé tranquila y al rato vino a caerme a gritos y a decirme que no me quería ver más porque la dejé sola”.
Los psicólogos ayudan, sobre todo, a entender muchas cosas que uno mismo no ve. Lo malo es que puede ocurrir que te vuelvas tan dependiente del psicólogo, que empieces a ir cada vez que estás en un momento de indecisión. “No me gusta mi trabajo, mejor voy al psicólogo”. “No sé si irme de viaje ahorita o en seis meses, mejor voy al psicólogo”. “No sé si seguir teniendo dos novios a la vez y relaciones sexuales con mi perro, mejor voy al psicólogo”.
A mí me molesta un poco la gente que ve el hecho de ir al psicólogo como un acto de cobardía o un problema de manicomio. Y esos que dicen que jamás irían a terapia, es probable que necesiten más de una sesión semanal.
Eso sí, para aquellos que creen que soñar que se te caen los dientes significa muerte, les aconsejo que mejor vayan a un odontólogo. A los que prefieren ir un poco más allá, les digo que todos en algún momento deberíamos ir a terapia. Es mejor ser atendido por un profesional que terminar poniendo la cómica al mejor estilo de Candy Candy.







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