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Mi perro no se parece a mí

Eso de que los perros se parecen a sus dueños, no es tan necesariamente cierto.

Mi perro se parece a mi pareja. Y mi pareja llegó a mi vida siete años después que mi perro.

Durante esos siete años previos, mi perro, Pancho, estuvo esperando a que apareciera ese ser humano al que él tanto se iba a parecer.

No lo sabía, pero yo también estaba esperando.

Entonces, llegó este hombre al que no le importa ensuciarse, que tiene las manos ásperas como las almohadillas de las patas de Pancho, que me rompe los adornos de la casa porque no controla su cuerpo dentro del espacio, que entra con los zapatos llenos de tierra y me deja el piso como un jardín, que se sienta a mi lado y me observa con ojos grandes si me nota triste… Como mi perro.

Si Pancho no hubiera llegado a mi vida, con su torpeza ambulante, con su alegría que rompe y golpea, con sus pelos y sus patas sucias, me hubiera costado mucho más acostumbrarme a vivir con un hombre que deja los zapatos en el piso por días y que ensucia un vaso nuevo cada vez que quiere prepararse un té.

No es que sea un desconsiderado, admito que a estas alturas de la convivencia, me ayuda muchísimo con las tareas del hogar y es muy consciente del desastre que genera y trata de remediarlo antes de que yo me precipite y explote. Pero hay ciertas cosas en las que su naturaleza se impone.

Yo también he aprendido a relajarme un poco y no volverme loca todas las veces que usa la mesa de la cocina como escritorio, perchero, archivador y clóset (simultáneamente).

Hay que verlos jugar para entender lo mucho que se parecen. Se suben a la cama y juegan a lucha libre, mi hombre con sus manos y mi perro con su bocota de cocodrilo. Pasan en eso muy pocos minutos porque, por lo general, el perro con la mandíbula más fuerte de los cánidos, termina por ganar la contienda (sin derramar una gota de sangre).

Nuestra cama es un ring desordenado y lleno de pelos. Pero no me molesta. Compro los cubrecamas “a prueba de Pancho”. Y los lavo con una frecuencia casi insoportable. Una cama es un lugar para compartir, para amar y para jugar. Y eso ocurre allí. No me puedo quejar.

Con qué facilidad cedió su puesto mi perrito adorado, que durante siete años se incrustó en mi costado y roncó la música de mis sueños.

La gente me decía que bajar a Pancho de la cama iba a ser un proceso muy difícil. Que iba a celar a la persona con la que estuviera, que no iba a permitir que lo bajaran… Nada de eso ocurrió. Como si se tratara de un pase de testigo, mi perro se bajó de la cama sin poner resistencia y permitió que otro se incrustara a mi lado.

Claro que yo le compré la camita más grande y mullida para perros que ha existido en la galaxia de tiendas de mascotas. Pero a decir verdad, no hubo ningún problema.

Pancho nos permite una noche de pareja y todas las mañanas, un poco antes o un poco después que suene el despertador, se sube y nos divide con su cuerpo y nos une con su lengua.

Mi perro es tonto y noble, nunca guarda rencor y siempre está dispuesto a jugar.

Mi hombre es amable y tonto, nunca recuerda el daño que otros le hacen y no se inquieta cuando tengo mal humor.

Verlos caminar es ver un remedo de dos especies diferentes. ¿Cómo pueden caminar tan parecido, dos animales que caminan tan distinto? Son ágiles y tienden a lastimarse jugando. Ambos sufren de lesiones en los hombros. Ambos corren hasta que el dolor les recuerda que se han excedido. Ambos adoran el mar y a ambos hay que protegerlos del sol. Pancho le hace más caso a su padre que a mí. O no “más”, pero sí más rápido. Se entienden de forma más inmediata. De ambos recibo igual atención, y a ambos debo retribuirla. Nos protegemos, nos damos afecto, nos cuidamos… En mi hogar hay muchísimo amor y fluye sin dificultades entre los tres.

Tenía tiempo preguntándome en qué se parecía mi perro a mí, pero ya he desistido. Y es que no se parece a mí, se parece a lo que yo amo.

@JeanMary_

Foto cortesía de Gabriela Pulido / El Universal

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