Pasos

La cosa es que yo camino de ida y vuelta al trabajo. No, no agarro Metro, no agarro camionetica y tampoco moto-taxi, yo camino. Y como en esta ciudad –así como en cualquier metrópoli- el tema del transporte es bastante común, constantemente surgen las clásicas preguntas: «¿Y tú cómo te vas a tu casa?», «¿Y tú cómo te vas al trabajo» y mi respuesta casi siempre sonriente es: «caminando».

Para mí es algo completamente normal, hasta tiene un toque de verde-wannabe, pero por alguna razón suele generar reacciones de cosita en la cara de mis interlocutores; al parecer caminar por la ciudad es algo desconocido en mi entorno. A mi juicio diez cuadras es una distancia perfectamente razonable para andar a pie, especialmente porque son cuadras planas, pero aun así hay quien me lanza el «tú lo que estás es loca» sin piedad ni tapujos. Y la verdad es que creo que todo el mundo debería caminar más a sus lugares, o al menos nosotras las mujeres que padecemos de una histeria congénita generalizada, que necesita intervalos regulares para ser drenados y así mantener nuestra paz mental en niveles de convivencia aceptables.

Para mí caminar es el momento del día para soltar la mente, para conversar conmigo misma –a veces en voz alta-; para cantar alguna canción que tengo pegada y ver si me la quito de encima; a veces caminar es para ensayar conversaciones que planeo tener con alguien o con algunos; caminar a veces se trata de observar a la gente en el camino, ver sus caras, sus semblantes, escuchar tres segundos de su conversación telefónica; caminar me permite darme cuenta de que el pantalón tal me queda largo en la pierna derecha y que los tacones cuales me sirven para andar seis cuadras pero no para ocho. Caminar me despierta endorfinas que me hacen reírme de los que van en la cola, aunque sepa que a veces soy yo la que está ahí atrapada –y no me importa; me hace conocer detalles de la vía que nunca he visto cuando voy en carro, deshacerme de lo que me quedó incompleto de la oficina o más bien terminar de redondear una idea para el día siguiente. Caminar es un break mental infalible.

Hay quienes se lo toman por el lado del ejercicio, que definitivamente es un pulgar arriba, pero para mí no es la ventaja principal, un paso detrás de otro se queda el estrés en la acera. Es un intermedio entre un paseo hipposo y una caminata rápida de doña en sudaderas. Sencillamente una cosa urbana.

Y seguro algún(a) globoterrorista estará pensando que efectivamente soy una loca, que las calles de esta ciudad son incaminables o que caminarlas es hacer turismo extremo en el vórtice de la inseguridad. Y la verdad es que sí, Caracas es una ciudad violenta e insegura, pero si uno camina a la luz del día, rapidito y con cara de que «uno sabe dónde está y a dónde va» no debería haber problemas; eso sí, teléfono en la cartera y la boca cerrada.

Quizá si Erika deja el carro en el San Ignacio y empieza a caminar a la radio deje de buscar piñatas desconocidas y le dé chance a Matías de que tumbe su próxima solito.